Dicen que nadie nos enseña a ser padres y, la verdad es así. Cada uno tiene una experiencia distinta y, desde ello, intenta hacer lo mejor con la educación y formación de sus hijos.

A partir de nuestra forma de ser y de comprender el mundo, surgen distintas formas y estilos de crianza, definidos por lo que esperamos dar a nuestros hijos y recibir de ellos. Es importante que descubramos cuál es el estilo que nos caracteriza, para saber qué debemos modificar en beneficio del desarrollo de los niños y niñas.

Es así que se reconocen tres tipos de crianza. El primero de ellos, es de tipo autoritario. Este estilo valora en gran medida la obediencia de los hijos y el control sobre las acciones que estos realizan. La importancia que se da a este punto es tal, que los padres construyen una conducta tipo y, si los niños no se adaptan a esta son castigados de forma dura.

Las consecuencias de la crianza autoritaria, es que los niños se vuelven inseguros y retraídos. Tienden a sentir miedo de los padres y por ello se comportan de manera poco afectuosa con el entorno.

El segundo tipo es identificado como permisivo. Aquí los padres dan valor a la autorregulación y expresión de sus hijos. Las exigencias de los padres hacia los niños son mínimas, ya que, la intención es dar libertad a sus acciones.

Las decisiones se conversan en conjunto y, los castigos son poco frecuentes. Los padres no son controladores ni exigentes y el afecto se entrega de manera relativa.

En este caso, los niños en edad pre escolar suelen ser más inmaduros, con un escazo nivel de autocontrol y con poca estimulación, por esto, el interés de explorar el mundo que están descubriendo, es menor. El tener tanta libertad desorienta a los niños.

El tercer tipo reconocido, es la crianza democrática y corresponde al modelo recomendado. Aquí existe un correcto equilibrio entre exigencias y libertades. Los padres reconocen la autonomía de los niños, apoyándolos y guiándolos en su proceso de desarrollo. Existiendo normas y acuerdos de comportamiento, construidas a través del dialogo entre padres e hijos.

Este modo es favorable para los niños, porque estos sienten seguridad de lo que los adultos quieren y esperan de ellos, sabiendo que sus actos tienen consecuencias, favoreciendo así el uso del respeto y la autorregulación sin necesidad de fuertes castigos. Esto hace que desarrollen confianza y el autocontrol.

Los niños necesitan limites, pero establecidos siempre desde el respeto y el dialogo, sustentados en el amor. Este es el factor que no puede faltar en la crianza, el trato que reciban los niños -incluso en los momentos de regulación- son determinantes para lo que serán como adultos. Los castigos violentos, el poco dialogo y las fuertes exigencias, solo generaran personas duras e inseguras. El afecto, en cambio, formará personas amables, tolerantes, comprensivas y con interés por los demás.

Establezcamos límites razonables y expliquémosle a los niños para que su buen comportamiento se dé desde la comprensión y no desde el miedo.  




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